Pequeño Cuento Para No Dormir

by Tony Gómez

Érase que se era una vez, un pobre campesino llamado Inocencio, que vivía con su mujer en una humilde choza con un terreno grande lleno de gallinas, cerdos, gansos, conejos, un caballo, dos perros y un gato que le faltaba un ojo.
Cada mañana, Inocencio se asomaba a su ventana para ver el sol, dar las gracias por amanecer un nuevo día y pedía un deseo, que siempre era el mismo:

“Rey Sol, realmente soy feliz en ésta tierra con mi esposa, mis animales y mi humilde casita, y sobre todo porque soy todavía joven y fuerte.
Mi esposa al igual que yo, goza de buena salud, pero queremos tener un poco de prosperidad.
La gente que vivía a nuestro alrededor, poco a poco se han ido marchando de la comarca y están prosperando en otras tierras. Yo no me quiero ir de aquí, donde he nacido y crecido.
Me gustaría encontrar prosperidad aquí mismo. Por favor, ¡ayúdame a prosperar!”

Dicho esto, desayunaba y después de darle un beso de despedida a su esposa, salía para hacer las labores del campo.

Una noche, tuvo un sueño que le hizo despertarse sobresaltado en medio de la madrugada.
Sentía mucho frío, y aunque estaba todavía un poco atontado y no había abierto bien los ojos, se dio cuenta de que algo extraño estaba sucediendo.
Su cuerpo desnudo sentía pequeños pinchazos y de repente se dio cuenta, de que estaba acostado sobre la hierba.
No se podía creer lo que estaba viendo.
Se restregó los ojos para asegurarse de que no dormía. Miró a su lado y su mujer no estaba.
En un instante, echando un vistazo rápido a su alrededor, vio con estupor que su casa había desaparecido, y los animales también, no había patio, no había nada.
Solamente el monte, árboles frondosos que se mecían al empuje del frío viento de la madrugada.
Inocencio estaba completamente desnudo, y temblaba de frío. “! ¿Qué pasa?”- se preguntó estupefacto.

De repente, un rugido estremecedor lo hizo ponerse de pié de un salto.
Comenzó a sentir un escalofrío de terror que nunca antes había experimentado.
¡Cuánto le habría gustado creer que aquello era sólo producto de su imaginación!
Pero en apenas unos segundos, aquel terrible rugido se repitió, pero ésta vez más cerca.

Su instinto de conservación le hizo mirar rápidamente a su alrededor.
Lo más rápido que pudo, se subió a un enorme árbol que tenía a unos pocos metros y se escondió entre sus ramas con un nudo en la garganta. No había sentido tanto miedo en toda su vida.

Un nuevo rugido, esta vez en todo su esplendor, hizo que Inocencio se sintiera el ser más insignificante de todo el Universo.  Era evidente que aquel rugido provenía de una enorme fiera salvaje.
Y en efecto, ante sus ojos, entre la maleza, apareció la poderosa imagen de un enorme león que terminó su andar justamente donde antes había estado acostado Inocencio.
El león sabía que había cerca una posible presa, y miraba a su alrededor para localizarla.
Los ojos de Inocencio estaban humedecidos por las lágrimas que comenzaron a rodar lentamente por su cara.

“Dios mió, ¿qué voy a hacer ahora?”– pensaba mientras aquel enorme Rey de las Bestias miró de pronto hacia el árbol donde Inocencio temblaba como una hoja.

En ese instante de auténtico pavor, sintió una suave voz que le dijo: “Bájate del árbol y ve hacia el león”

“¡Qué?!¿Quién eres? ¿Que me baje?….pe….pero ¿crees que estoy loco para hacer algo así? ¡Ni hablar!”– dijo con un susurro el pobre Inocencio, que estaba más muerto que vivo del miedo que sentía.

“No temas, si no bajas será peor para ti. Baja ahora mismo y no tengas miedo.”– insistió ‘la voz’ al infeliz desdichado.

Inocencio pensó que si éste era su final, si no había otra salida, tendría que enfrentar su destino de un modo u otro.
Tomó la decisión de bajar del árbol, y lo hizo tal y como la voz se lo había indicado.
Al llegar abajo y darse la vuelta, allí estaba mirándole fijamente aquel enorme león, quieto, balanceando su cola suavemente.
Inocencio, con la mente casi en blanco comenzó a caminar muy despacio hacia el león.
Era casi como un ritual, una ofrenda voluntaria que hacía sin resistirse ni luchar.
Cuando estaba muy cerca, el león dejó escapar un rugido que Inocencio tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para no ser presa del pánico.

En ese momento,’la voz’ volvió a hablarle a Inocencio:

“Ahora, pon tu mano izquierda sobre su cabeza y mantenla así hasta que yo te diga.”

Los ojos de Inocencio se cerraron. “Que sea rápido….que sea rápido…”-balbuceaba mientras extendía su mano izquierda en dirección a la cabeza del león. Una vez tenía su brazo extendido, lo bajó lentamente, intentando cumplir la orden que le dio ‘la voz’.
Su mente era un torbellino, un ir y venir de pensamientos, de recuerdos fugaces, como si su vida entera pasara por su cabeza.
De pronto, sintió el tacto de la cabeza del león, y notó que tenia que bajar más la mano como si la cabeza del león se le estuviera escapando. Entreabrió un ojo, y vio al león inclinándose hasta sentarse en el suelo.
Si hasta ahora había vivido un calvario de terror, ahora el asombro no cabía en todo su ser.
Abrió el otro ojo, y se quedó en espera, porque la voz tenía que darle la orden de quitar la mano.

“¿Qué has aprendido hoy?”-preguntó de repente la voz.

“Yo…no sé qué decir. ¿A qué te refieres?”– contestó Inocencio con voz temblorosa, mientras sentía en su mano el calor corporal del león, incluso los latidos de su corazón.

“Eres joven y fuerte. Tienes una mujer hermosa que te quiere, una casa humilde, pero es tu casa al fin y al cabo.
Tienes animales, y hasta un caballo. ¿Qué es lo que te impide prosperar?”
– volvió a interrogarle ‘la voz’.

“Es que no sé cómo hacerlo”– contestó Inocencio que ya deseaba que ‘la voz’ le permitiera quitar la mano de la cabeza del león.

“Sin embargo tienes tu mano sobre la cabeza de un león. ¿Sabes lo que eso significa?- preguntó la voz con un tono algo más fuerte.

-”No lo sé, pero quisiera no estar aquí”– respondió Inocencio aún más inquieto por la pregunta.

“Si lo que tocas con tu mano fuese un león de verdad, ya estarías muerto, pero éste león es solamente un reflejo de tus miedos, de todo lo que no te atreves a hacer por ti mismo. ¿Comprendes ahora por qué tu mano sigue sobre la cabeza del león y no te ha sucedido nada?”– dijo la voz con tono severo- “Ahora puedes quitar tu mano”.

Inocencio quitó rápidamente su mano y miró a aquel león tan real como la vida misma.

“No me puedo creer que éste león no sea realmente un león. ¡Es tan real!”– dijo Inocencio con un claro síntoma de alivio pero muy alucinado.

-”Como tus miedos”-respondió la voz-“te has pasado mucho tiempo pidiendo deseos que tú puedes cumplir por ti mismo. ¿Por qué no empiezas a hacer algo por tu futuro?”– volvió a interrogar ‘la voz’.

“Pero. ¿Cómo voy a hacer si ya no tengo casa, ni animales, ni mujer? ¡Lo he perdido todo!”– respondió Inocencio con visible tristeza.

-”No has perdido nada. Estás soñando”-respondió ‘la voz’.

-” ¡Un sueño!…no puede ser. ¡Esto es demasiado real!”
– pensó Inocencio y preguntó: “¿Cómo puedo volver a casa?”

La voz no respondió. Un silencio terrorífico sobrevino entonces.
Lentamente, el león fue levantando la vista hasta mirar fijamente a Inocencio, que comenzó a sentir un escalofrío que recorrió varias veces su cuerpo de un extremo a otro.
De repente, el león se abalanzó sobre Inocencio, que sintió la tierra hundirse bajo sus pies.
Sintió que caía vertiginosamente, mientras el rugido del león se iba alejando encima de él.
Súbitamente, algo contundente golpeó su cabeza y ya no supo nada más.

Al despertar casi amanecía, y sintió que estaba en su cama. Su mujer seguía allí durmiendo, ajena a todo lo que su marido había experimentado. Su casa, sus animales, todo estaba como antes.
Inocencio se quedo tranquilo, se abrazó a su mujer suavemente y se quedó pensativo.
No quería dormirse de nuevo. Había tenido una noche extremadamente tensa, y solamente deseaba que amaneciera.
Pasó el tiempo y los rayos del sol comenzaron a decorar su casa.
Se levantó de la cama y fue directo a la ventana.
Miró a lo lejos en el horizonte. El sol casi asomaba en su totalidad y el paisaje lucía majestuoso.

“Gracias Rey Sol, gracias por un día más de vida. Aquí me tienes, estoy listo. Hoy va a ser un gran día.
Voy a cambiar mi destino”
– dijo con voz firme, seguro de si mismo.

El Sol, comenzó a alumbrar algo más fuerte, y saltaron unos destellos, como si tratara de responderle.
Inocencio comprendió, que podía por si mismo cambiar las cosas, que no era necesario recurrir a nada ni a nadie, porque con sus manos tenía la ayuda suficiente para comenzar a labrar su propio camino.

No es necesario explicar lo que es obvio.
Éste cuento no es más que una vía para canalizar ideas, para que sepas que si tú mismo no eres capaz de enfrentar tus adversidades y tus miedos a fracasar, a no saber qué hacer en cada momento, nadie más lo va a hacer por ti.
Pero sobre todo, esto te sirve para que sepas que si te duermes, tal vez una noche cualquiera, tengas que enfrentar tus miedos. En el caso de Inocencio, sus miedos se le presentaron en forma de león.
¿Puedes imaginar cómo se te van a presentar a ti?
¡Buenas noches.

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