FLORES EN LOS BASURALES

 

 
Todo rulos y y piel arpillera era Marcelito Albornoz.. Su corta vida  se oscureció el día que la Federal irrumpió en la “Villa de Emergencia “ y ejecutó a su padre en la puerta de la casilla  donde descansaba con la familia. El tiempo mordía permanente la esperanza en el asentamiento y aún contando ya con  catorce años de edad  recordaba de aquel día los mocos de su hermano Ezequiel, apretado sobre las polleras de la madre Y tambien a la “vieja”  sollozando  ”…-¡Que se equivocaron estos guachos Marcelo, el “viejo” no traficaba!-… Luego la obstinación de la mamá, una Inés desesperada arrastrándose   con los tres críos por los despachos  de la Municipalidad de General San Martín porque a la Mariela ( la menor de los Albornoz ) le rechiflaba la pancita vacía y no dormía por las noches.   ”- ¡El Intendente nos va a ayudar- Hay que tener algo de fé Marcelito decía la” vieja!”-  Llegó a defender a golpes la memoria sangrante de su padre de los calumniadores del lugar, porque el “viejo” era “Don Marcelo” y no lo que dijo la Federal .Durante todo ese tiempo atesoró las zapatillas que aquel le habría regalado las vísperas de su muerte y que comprara en una zapatería de la Estación de trenes ( a crédito como los changarines desocupados) justo del tamaño de sus pies. Las mismas que la policía no pudo encontrar revolviendo debajo del colchón donde dormía junto a  Ezequiel y que permanecieron terrosas en una  mesa de cajón de manzanas cubierta primorosa con un plástico de “Covelia”.

Las piedras de la fachada de la “Iglesia Cristo Obrero” se ablandaban al franquear la entrada a la renombrada “Villa Costa Esperanza” asentada sobre un pedazo de tierra usurpado al cinturón ecológico que deshonraba su propio nombre. En ese barrio donde el ladrón se confundía con el santo, Marcelito tenía sueños diferentes a los de los otros ocupantes a quienes miraba de soslayo para evitar los reflejos de su claudicación.-Un año antes después de ochenta años había nevado en el Gran Buenos Aires pero ese invierno supo no caer en la tentación de usar un brasero para calentarse. El maldito se habría llevado a toda la familia Aguirre en el dos mil siete asesinados por el monóxido de carbono y el olvido fluyendo crueles en un mes de julio .Fue para la época en que las maderas de las casillas se estremecían en cortantes astillas y las chapas de zinc estallaban con el filoso temor a los rumores que el gobierno querría desalojarlos.

EL, Marcelito Albornoz tampoco quería sentir más el miedo a que el Río Reconquista inundara con chorros de desesperación el caserío Se sentía diferente, más hombre sobre todo después de haberse acostado la noche anterior con el perfume de la Mariana apoyado sobre su piel marrón Había hecho el amor detrás de la casilla y sobre un cuero extendido en la tierra. Hasta soñó despierto con el hijo viviendo juntos en una casa verdadera. Se iría de la Villa meditaba… en cuanto lo dejaran, claro……

Esa madrugada, ajenas, las ranas se revolcaban en orgías de charcos, escribiendo letanías sobre una estigmatizada lluvia sin más destino que el ingenuo juego de los niños en el barro pantanoso. Desenganchó la chata guardada en el lote lindero y aprestó a Morita, la yegua arisca y preñada mientras se preparaba para “cartonear” lo que pudiera. Dirigió el carro por la  estrechez peligrosa de los pasajes de la Villa buscando ansioso la salida para los barrios más ricos, cuando sobre el agua vio brillar lo que parecía un arma.Rápidamente calculó que el gobierno con el plan de desarme en las “Villas Miserias” podría darle unos buenos pesos y descendió sin dudar para recogerlo, en el mismo momento que pasaba el ratero Fabián corriendo a quien ni siquiera miró. Con esos pesos y lo que le pagarían ese día en la Cooperativa de los Cartoneros, pensó, podría comprarle un reproductor a la Mariana. Un verdadero lujo y aunque quedara unos días sin comer no le importaría porque a ella la contentaba bailar el ritmo de la cumbia villera de la banda “Damas Gratis”. Tan feliz se encontraba que no advirtió el operativo ni a la policía viboreando silenciosa por el suelo…La bala nueve milímetros del Sargento Sanchez le partió el pecho en tanto una enorme mancha roja se enroscaba alrededor de su silueta caída de cara a un cielo plomo, formando los pétalos de una flor que emergía de los basurales…El perfume de la Mariana imponiéndose por encima de los desperdicios fue lo último que percibió. El policía palpó el cuerpo. Debajo de una agotada campera azul retiró un revólver 38 y le gritó al jefe del operativo: “Teniente, aquí hay otro narco…y está armado…” Para asegurarse el éxito de la misión el Sargento Sanchez lo arrastró tomándolo de las piernas con la cabeza a ras de la bendita tierra, así podría desangrarlo rápidamente…-¡Uno menos!-, se dijo a sí mimo suspirando…. 

                                                                                                                                   Beatriz Amarante

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